- La política exterior de China combina conceptos milenarios como la armonía, la reciprocidad y la unidad con iniciativas que buscan reformular la gobernanza mundial.
En el análisis convencional de las relaciones internacionales, la política exterior de la República Popular China suele ser decodificada casi exclusivamente bajo la óptica del realismo ofensivo o la competencia hegemónica materialista. Sin embargo, abordar el ascenso de Beijing ignorando su densidad epistemológica genera diagnósticos sesgados.
Comprender a China exige entenderla no solo como una potencia emergente, sino también como un “Estado-civilización”, cuya narrativa diplomática contemporánea está profundamente anclada en matrices de pensamiento milenarias. Estas narrativas muchas veces no están tan presentes en el análisis, por lo que resulta conveniente adentrarnos brevemente en ellas.
Lejos de constituir adornos retóricos o reliquias históricas, conceptos tradicionales como Tianxia (todo bajo el cielo), Datong (gran unidad), Hexie (armonía) y Guanxi (redes relacionales) operan como estructuras vivas que articulan la visión china sobre el orden, la jerarquía y la gobernanza global. Han definido la dinámica diplomática de grandes iniciativas como la Franja y la Ruta desde 2013 y hoy delinean alternativas paralelas a Bretton Woods que conviene desglosar.
La ontología relacional: de la estructura a la interacción
Frente al modelo neorrealista occidental de raíz westfaliana -donde el sistema internacional es visto como un balance de poder entre unidades estatales atomizadas e individualistas-, el pensamiento sociológico y de las relaciones internacionales en China propone un cambio de paradigma. Autores como Alexander Wendt mencionaban décadas atrás que la anarquía es lo que los Estados hacen de ella, pero también que las identidades nacionales impulsan ilusiones transmitidas a todo el sistema internacional.
El académico chino Qin Yaqing y el legado antropológico de Fei Xiaotong nos ilustran una unidad analítica central, en la que el Estado deja de ser un ente aislado y pasa a ser parte de un proceso relacional. Como en el juego tradicional del Weiqi (Go), el valor y el significado de cada actor no residen en su fuerza intrínseca aislada, sino en su posición dentro de una red dinámica de interacciones continuas, donde la identidad precede al interés.
Este marco encuentra su correlato empírico en el chaxu geju (el modo diferencial de asociación de Fei Xiaotong) y en las lógicas del Guanxi y el Renqing (reciprocidad sostenida). Llevadas a la diplomacia interestatal, estas categorías explican por qué la política exterior china jerarquiza sus vínculos en círculos concéntricos de confianza acumulada a través del tiempo, reflejados en su taxonomía oficial de asociaciones estratégicas graduadas (desde simples asociaciones estratégicas hasta asociaciones estratégicas de “todo tiempo”).
De las iniciativas globales a la civilización ecológica
Esta arquitectura conceptual no permanece en el terreno abstracto, sino que se traduce secuencialmente en su propuesta de gobernanza multilateral a través de cuatro ejes programáticos:
- Iniciativa de Desarrollo Global (2021): orientada a acelerar la Agenda 2030, con prioridad estratégica en el Sur Global.
- Iniciativa de Seguridad Global (2022): basada en la soberanía, la Carta de la ONU y el principio de la “seguridad indivisible” como bien relacional.
- Iniciativa de Civilización Global (2023): promotora de la diversidad cultural como alternativa explícita al paradigma del “choque de civilizaciones”.
- Iniciativa de Gobernanza Global (2025): propuesta de reforma institucional en torno a la igualdad soberana, el multilateralismo y la superación del déficit de representación del Sur Global.
Se podría pensar que estas iniciativas buscan asestar un golpe al actual sistema liberal y cambiar sus reglas del juego. Sin embargo, utilizan a las Naciones Unidas y su mandato como referentes, con una marcada relevancia de los cinco principios de coexistencia pacífica de Zhou Enlai, ex primer ministro chino durante el Gobierno de Mao Zedong.
A ello se suma la Civilización Ecológica (Shengtai wenming), un paradigma de desarrollo sostenible cuyas raíces filosóficas se nutren de la cosmovisión no antropocéntrica del taoísmo (Laozi) y de la armonía entre el orden cósmico (Tian Dao), natural (Di Dao) y social (Ren Dao). Este paradigma se proyecta internacionalmente en la Franja y la Ruta Verde y en marcos de sostenibilidad con características chinas.
Sin embargo, esta última presenta hoy un desafío y una oportunidad: interactuar con marcos de pensamiento local como los del Buen Vivir latinoamericano, donde la relación con las comunidades y los pueblos indígenas es ineludible.
El debate de fondo: ¿equilibrio o asimetría normada?
Esta proyección plantea una interrogante ineludible para la teoría crítica internacional: ¿pueden la “armonía” y la “compatibilidad sistémica” funcionar genuinamente como principios equilibradores de las relaciones mundiales o corren el riesgo de naturalizar las asimetrías de poder existentes bajo un lenguaje de coexistencia?
A más de ocho décadas de la fundación de las Naciones Unidas y en un contexto de creciente fragmentación geoeconómica, el desafío analítico radica en evaluar si estos principios normativos logran materializarse en arreglos institucionales verificables y sostenibles. Comprender las bases epistemológicas de China ya no es una opción académica complementaria, sino un imperativo fundamental para descifrar el orden global del siglo XXI.