- La experiencia latinoamericana muestra que desarrollar modelos propios, proteger la diversidad lingüística y fortalecer la soberanía sobre los datos son tareas esenciales para construir una inteligencia artificial inclusiva y conectada con las realidades del Sur Global.
Por Alondra Arellano Hernández
Investigadora asociada en la Facultad de Administración de Empresas de la KU Eichstätt-Ingolstadt. Fue asesora en el Ministerio de Ciencia de Chile, donde lideró la Política Nacional de Inteligencia Artificial, y gestionó un proyecto de lenguas nativas en el Centro Nacional de Inteligencia Artificial (CENIA).
Hace unas semanas, durante la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial en Shanghái y la Reunión de Alto Nivel sobre la Gobernanza Global, las delegaciones de más de cien países coincidieron en una premisa que, más allá de la diplomacia, toca una fibra sensible: el avance de la tecnología no puede ocurrir a expensas de la diversidad cultural del planeta.
El presidente chino, Xi Jinping, lo dejó claro en la apertura al señalar que la inteligencia artificial no debe borrar la identidad de las naciones, sino servir como un puente de entendimiento e inclusión entre los pueblos.
La cumbre cerró con un mandato claro: la tecnología debe adaptarse a los contextos multiculturales, y no al revés. Sin embargo, cuando bajamos este consenso a la realidad de los algoritmos que usamos a diario, nos topamos con una brecha estructural incómoda que el Sur Global ya no puede ignorar.
Para entender la dimensión del problema, basta con mirar la radiografía de los grandes modelos de lenguaje actuales. Evaluaciones lingüísticas internacionales han demostrado que las arquitecturas de IA comerciales más avanzadas del mundo sufren una degradación drástica de rendimiento cuando se enfrentan a variantes dialectales del español de América Latina, y muestran un vacío casi absoluto ante lenguas indígenas como el quechua, el guaraní o el mapudungún.
Un estudio reciente sobre el procesamiento del lenguaje natural (NLP) evidenció que herramientas de transcripción automática clasifican frecuencias de lenguas nativas americanas bajo tasas de error que cuadruplican a las del inglés estándar, tratándose en la práctica como ruido o anomalías de audio. No se trata de un simple error técnico de traducción; es una exclusión algorítmica estructural.
Esta realidad aplastante responde a que casi todos los modelos lingüísticos que dominan el mercado se han construido sobre una base profundamente homogénea, alimentada de forma abrumadora por corpus en inglés.
Cuando una tecnología interpreta el mundo desde un único marco lingüístico, el sesgo cultural deja de ser un fallo técnico para convertirse en un hecho político.
El modelo tradicional de “rastreo web” masivo, utilizado por las grandes corporaciones transnacionales, captura lo que ya abunda en el internet comercial, pero ignora los documentos históricos, las tradiciones orales, el pensamiento crítico local y el conocimiento de comunidades que jamás se han digitalizado.
Para América Latina, este vacío no es una simple anécdota de conectividad; es un riesgo invisible de borrado cultural y una sutil asimilación de valores ajenos.
Frente a este escenario de dependencia, nuestra región está avanzando para dejar de ser una mera espectadora o una simple consumidora de cajas negras tecnológicas. Estamos empezando a diseñar nuestros propios caminos hacia la soberanía digital.
La UNESCO ha destacado la importancia de las tecnologías en los procesos de preservación, revitalización y promoción de las lenguas.
El ejemplo más ambicioso de esta reacción es Latam-GPT, el modelo de lenguaje de código abierto presentado a inicios de este año por el presidente Gabriel Boric.
Este proyecto, liderado por el Centro Nacional de Inteligencia Artificial de Chile (CENIA) y desarrollado en alianza con más de treinta instituciones de toda la región, demuestra que la periferia global también puede proponer infraestructura de frontera.
Latam-GPT cuenta ya con más de 8 terabytes de corpus de texto refinado y una escala de parámetros competitiva, pero su verdadero valor no radica en la potencia de su computación, sino en su diseño.
Un modelo verdaderamente regional no puede limitarse a traducir de forma literal los conceptos pensados en Silicon Valley; tiene que comprender nuestras particularidades, modismos, giros lingüísticos e historia económica.
Por ello, el equipo de investigación rompió con el esquema comercial clásico y se dedicó a recolectar y curar de forma ética archivos de bibliotecas peruanas, textos escolares colombianos, entre otros corpus.
Pero para que un modelo nos entienda, primero debemos resolver un problema anterior: cómo estamos representados en los datos que alimentan a esa tecnología.
Ahí es donde entra la experiencia que vivimos desde Lacuna Fund, una iniciativa global dedicada a financiar la creación de conjuntos de datos abiertos de alta calidad en el Sur Global.
Este movimiento técnico encierra una gran lección política: la soberanía sobre los datos debe ser gestionada de forma autónoma por las comunidades que habitan los territorios analizados.
Los datos liberados no solo alimentan herramientas de traducción o texto, sino que permiten que la salud pública, la mitigación del cambio climático y la productividad agrícola se piensen con algoritmos entrenados bajo realidades locales.
En este esfuerzo por cambiar la dinámica global, las respuestas institucionales están empezando a consolidarse a nivel multilateral.
Ejemplo de aquello es el nacimiento de la Organización Mundial para la Cooperación en Inteligencia Artificial (WAICO), firmada por 29 países en la víspera de la conferencia, que introduce una nueva estructura intergubernamental con sede en Shanghái.
Esta iniciativa institucionaliza un enfoque centrado en la creación de capacidades tecnológicas y el desarrollo para el Sur Global, abriendo un canal de gobernanza diferenciado de los marcos tradicionales liderados por las economías occidentales.
Aprendizajes desde América Latina para la gobernanza del futuro
El Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial (ILIA) nos revela una paradoja brutal: nuestra región representa el 14 % del tráfico mundial de herramientas de IA, a pesar de que solo constituimos el 11 % de los usuarios de internet a nivel global.
Consumimos tecnología de manera voraz, pero producimos muy poco del conocimiento básico que la hace funcionar.
Iniciativas como Lacuna Fund y Latam-GPT buscan precisamente equilibrar esa balanza, transformando a América Latina de un mercado de clientes a una región de coautores de la infraestructura digital del futuro.
Al mirar el panorama completo, la experiencia latinoamericana nos deja tres lecciones fundamentales para la gobernanza global de la IA.
En primer lugar, que la autonomía tecnológica y la soberanía cultural son caras de una misma moneda. El desarrollo de modelos propios y de código abierto no busca competir de igual a igual con los monopolios comerciales en la carrera por el lucro, sino blindar el espacio público —como las escuelas, los hospitales y la administración del Estado— bajo criterios de bienestar común y preservación de la memoria.
La tecnología puede estar al servicio de la transmisión cultural, lejos del criterio exclusivo de rentabilidad que mueve a los algoritmos tradicionales.
En segundo lugar, la apertura y el código abierto son una oportunidad real para un desarrollo verdaderamente inclusivo, siempre y cuando se resguarden y protejan los derechos de autor.
Permitir que los desarrolladores y las pequeñas empresas locales utilicen, modifiquen y distribuyan los modelos libremente destruye el esquema de “soluciones únicas” impuestas desde el extranjero y abarata los costos de innovación en contextos de restricciones presupuestarias.
Finalmente, la regulación y el fomento técnico tienen que caminar de la mano.
Tal como se debatió intensamente en las comisiones de ciencia del Congreso chileno durante la tramitación de las leyes de regulación de IA, no basta con poner límites éticos a lo que viene de fuera; hay que financiar y fortalecer la capacidad técnica interna, el talento local y los centros de datos soberanos.
La gobernanza global de la inteligencia artificial evoluciona rápidamente desde los códigos de ética declarativos hacia la construcción de instituciones permanentes.
En este nuevo escenario, las decisiones estratégicas de la IA ya no pueden definirse a puertas cerradas en los directorios de un puñado de corporaciones transnacionales. Por el contrario, deben reflejar las necesidades de desarrollo, las tradiciones culturales y la experiencia acumulada del Sur Global.
El reciente establecimiento de WAICO en Shanghái es un ejemplo de que hoy existen plataformas diversas para canalizar prioridades y construir un orden internacional multipolar, donde la tecnología funcione como un espacio de complementariedad y equilibrio frente a las lógicas de mercado tradicionales.