- Mientras China exige credenciales y experiencia verificable en determinadas áreas profesionales de las redes sociales, en Occidente los seguidores, likes y visualizaciones se han convertido muchas veces en una nueva forma de autoridad.
Por Christian Villalobos Almendares
China lleva varios años intentando ordenar una actividad que creció mucho más rápido que su regulación: la capacidad de cualquier persona para construir autoridad frente a millones de usuarios desde una pantalla.
En junio de 2022, la Administración Nacional de Radio y Televisión y el Ministerio de Cultura y Turismo publicaron el Código de Conducta para Presentadores de Internet. Entre sus disposiciones establecieron que quienes realizan transmisiones en vivo sobre materias que requieren un alto nivel profesional, como salud, finanzas, derecho y educación, deben contar con las cualificaciones correspondientes e informarlas a las plataformas, que además tienen la responsabilidad de verificarlas.
China comenzó así a establecer una diferencia que parece evidente, pero que las redes sociales han ido desdibujando: tener una audiencia no significa necesariamente tener autoridad profesional.
Durante 2025, el país avanzó todavía más en el ámbito médico. Una normativa sobre divulgación médica en cuentas digitales exige a las plataformas verificar las credenciales de quienes realizan divulgación especializada, incluidos sus antecedentes profesionales y especialidad. Las medidas frente a incumplimientos pueden incluir restricciones de interacción y monetización, suspensión e incluso cierre de cuentas.
El paso más reciente resulta especialmente interesante.
El 30 de septiembre de 2026, la Administración del Ciberespacio de China, conocida como CAC, anunció una campaña nacional de dos meses bajo el programa Qinglang, enfocada en las falsas identidades construidas mediante videos cortos.
La descripción de las prácticas observadas resulta sorprendentemente familiar.
Personas que inventan currículums, títulos, cargos o certificados para presentarse como profesionales y posteriormente vender consultas, cursos o productos. Personajes que construyen historias de emprendimiento y enriquecimiento para comercializar formación, membresías, franquicias o supuestas oportunidades de negocios.
Incluso aparece uno de los símbolos más reconocibles de esta nueva cultura digital: automóviles de lujo, mansiones y artículos costosos arrendados para grabar contenidos, aparentar un determinado nivel de riqueza y utilizar esa imagen para conseguir seguidores y posteriormente monetizar esa audiencia.
Las autoridades también han puesto atención sobre las empresas MCN, organizaciones dedicadas a administrar y desarrollar creadores digitales, cuando participan en la construcción industrial de estos personajes.
La regulación china ya no observa solamente el contenido publicado. También pone atención en la identidad y las credenciales utilizadas para respaldarlo. Cuando una imagen de éxito o conocimiento se convierte en argumento para vender, deja de ser solamente entretenimiento.
Cuando los seguidores se convierten en credenciales
TikTok, Instagram y YouTube democratizaron la comunicación, pero también modificaron nuestra manera de reconocer autoridad. Seguidores, likes y visualizaciones comenzaron a funcionar como una especie de currículum digital.
Los medios buscan personajes que generen audiencia, las empresas quieren comunidades, los eventos necesitan convocatoria y las editoriales saben perfectamente que alguien con cientos de miles de seguidores llega también con cientos de miles de potenciales compradores.
La lógica comercial se entiende. Lo que resulta mucho más cuestionable es convertir esa capacidad de convocatoria en conocimiento.
En Chile, los ejemplos están a la vista. Un youtuber construye una comunidad entrevistando a emprendedores exitosos y termina dictando charlas y vendiendo cursos de negocios. Un influencer recorre restaurantes, acumula seguidores y pasa de recomendar lugares a ser presentado como crítico gastronómico e incluso jurado. Otra influencer transforma su enorme comunidad en rifas de automóviles y bienes de alto valor. Un deportista consigue el extraordinario logro de llegar desde Chile a la NFL y posteriormente publica un libro sobre superación personal y comienza a dictar charlas.
Todos tienen derecho a hacerlo.
Lo cuestionable es por qué nosotros convertimos esa popularidad en autoridad.
Entrevistar empresarios no convierte necesariamente a alguien en experto en negocios. Comer en muchos restaurantes no acredita conocimientos gastronómicos. Tener una enorme comunidad no constituye una credencial empresarial. Y triunfar en una disciplina no convierte automáticamente a alguien en especialista sobre cómo los demás deben alcanzar el éxito.
Influencer, creador de contenidos, celebridad, comunicador y experto tampoco son sinónimos.
Un influencer desarrolla capacidad para influir sobre una comunidad. Un creador de contenidos produce material capaz de captar una audiencia. Una celebridad posee reconocimiento público. Un comunicador desarrolla profesionalmente la capacidad de transmitir información e ideas.
Ser experto requiere algo diferente: conocimientos, formación, experiencia, trayectoria o resultados que puedan ser acreditados.
Una misma persona puede reunir varias de esas características. Lo que no parece razonable es asumir que una conduce automáticamente a la otra.
Los medios, eventos, marcas y editoriales participan directamente de esta transformación. El problema comienza cuando llamamos experto a quien originalmente elegimos por sus seguidores.
Ahí aparece una diferencia concreta con lo que está haciendo China: influencia y conocimiento comienzan a recibir un tratamiento distinto.
El conocimiento no se mide en likes
Un catedrático puede llevar treinta años investigando y tener dos mil seguidores. Un maestro puede acumular cuarenta años de oficio sin haber grabado un reel. Un médico especialista puede dedicar más de una década a su formación y tener una presencia mínima en las redes sociales.
Frente a ellos puede aparecer alguien con millones de seguidores y un extraordinario conocimiento del algoritmo.
Sabemos quién aparecerá primero en nuestras pantallas. Lo que no deberíamos asumir es que también sabe más.
Ahí está el diagnóstico: hemos comenzado a confundir visibilidad con conocimiento y popularidad con autoridad.
La experiencia china aporta un antecedente concreto a esta discusión. Sus autoridades no se limitaron a regular aquello que se publica. Incorporaron cualificaciones profesionales, verificación por parte de las plataformas y medidas contra la fabricación de identidades de éxito utilizadas para monetizar una audiencia.
No se trata de trasladar el modelo regulatorio chino a Occidente. Nuestros sistemas políticos, jurídicos y culturales son diferentes. Pero el fenómeno que origina la discusión es prácticamente el mismo.
La libertad para opinar es una cosa. Presentarse como experto y convertir esa supuesta autoridad en un negocio es otra.
Occidente deberá encontrar su propia respuesta. Pero debería comenzar por un principio sencillo: quien se presenta como experto debe poder acreditar por qué lo es.
La acreditación tampoco significa necesariamente un diploma universitario. Un empresario puede demostrar empresas construidas y resultados; un maestro, décadas de oficio; un académico, investigación y publicaciones; un profesional, formación, especialización y experiencia.
La experiencia china deja una distinción relevante: la influencia digital puede construirse con un algoritmo; la autoridad profesional necesita credenciales.
Los likes miden interacción. Las visualizaciones miden atención. Los seguidores miden audiencia.
Ninguna de esas métricas acredita conocimiento.
China comenzó a establecer esa frontera. Occidente debería comenzar a discutir la suya.
El algoritmo puede decidir quién se hace viral. No debería decidir quién es experto.