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Más allá del PIB: convergencias de León XIV y Xi Jinping

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Siendo distintos en muchos sentidos el Papa y el presidente Xi, tienen un punto de partida común al describir cuándo y cómo crece un país. El Papa León XIV, en su encíclica Magnifica Humanitas, sostiene que el desarrollo de un país no debe medirse únicamente mediante el PIB, apostando en su lugar por la dignidad del trabajo, la prosperidad compartida, la reducción de las desigualdades y la protección del medio ambiente. Xi Jinping, por su parte, ha insistido en que la modernización china no se reduce al avance material: se trata de la modernización de una enorme población, de la prosperidad común para todos, del avance material y cultural-ético, de la armonía entre la humanidad y la naturaleza, y del desarrollo pacífico. 

Ambos, desde tradiciones radicalmente distintas —el magisterio social católico y el socialismo con características chinas—, coinciden en negar que el aumento del capital o de las ganancias agregadas sea la vara correcta para medir si una sociedad progresa. Es una coincidencia que, por cierto, merece examinarse con cuidado tanto en similitudes reales como en sus diferencias de fondo. 

Primera similitud: el desarrollo como concepto plural, no monetario

La objeción central es idéntica en su estructura lógica. El PIB —y por extensión cualquier métrica de pura acumulación— mide el volumen de la actividad económica, pero es ciego a su distribución, a su sostenibilidad y a su contribución al florecimiento humano. Un país puede ver crecer su producto mientras se ensanchan las desigualdades, se degrada el ambiente y se erosiona el tejido social. Tanto León XIV como Xi proponen sustituir o complementar esa cifra única por un conjunto de dimensiones cualitativas.

En el caso del Papa, la fuente de esa pluralidad es la dignidad de la persona humana, eje permanente de la doctrina social de la Iglesia. No es casual la elección del nombre pontificio: al llamarse León XIV evoca a León XIII, autor de la Rerum Novarum, encíclica fundacional sobre los derechos de los trabajadores. El desarrollo, en esta óptica, es legítimo solo si sirve a la persona concreta y, particularmente, a los más vulnerables.

En el caso de Xi, la pluralidad procede de las “cinco características” con que el Partido define su modelo: gran magnitud poblacional, prosperidad común para todo el pueblo, coordinación entre la civilización material y la espiritual, coexistencia armoniosa del ser humano y la naturaleza, y desarrollo pacífico. 

Segunda similitud: la prosperidad debe ser compartida

Quizá la convergencia más llamativa es léxica además de conceptual. El Papa habla de “prosperidad compartida” y “reducción de las desigualdades”; Xi, de “prosperidad común” (gòngtóng fùyù). El parecido no es superficial. En la lectura china, la prosperidad no solo es común sino fundamentalmente compartida: no hay posibilidad de prosperidad individual cuando hay un pueblo pobre, y la riqueza individual está subordinada a la prosperidad colectiva. 

El planteamiento de León XIV apunta en dirección semejante cuando advierte que la financiación por la financiación es distinta de la financiación para el desarrollo, y que la prosperidad contribuye a la paz solo si es generalizada, inclusiva y sostenible. En ambos discursos late la misma sospecha hacia una economía que se vuelve sobre sí misma —la ganancia como fin, la acumulación por la acumulación— y la misma exigencia de que el fruto del crecimiento llegue a todos. 

Por cierto, hay matices. La “prosperidad común” china es un programa estatal de redistribución gradual, donde el Partido busca su legitimidad tras el objetivo del “rejuvenecimiento nacional” para 2049; se plantea como una tercera vía entre el igualitarismo y la desigualdad exacerbada. La “prosperidad compartida” del Papa es un principio ético-universal que no se ata a un proyecto nacional ni a una estructura de poder concreta. Comparten la meta —que nadie quede atrás— pero difieren en el sujeto: el pueblo-nación en un caso, la persona humana y la familia de los pueblos en el otro. 

Tercera similitud: la dimensión espiritual o cultural del progreso

Los dos planteamientos rechazan un materialismo estrecho. Xi sostiene que la modernización china coordina la civilización material y la civilización espiritual, y que el desarrollo debe crear más riquezas materiales y espirituales para satisfacer la creciente demanda del pueblo de una vida mejor. El Papa, por su parte, ancla todo su argumento en una antropología que sitúa la dignidad y el trabajo —no el consumo— en el centro. 

Aquí la similitud es real pero las palabras significan cosas distintas. La “civilización espiritual” en el vocabulario del PCCh remite a la cultura, la ética cívica y, en buena medida, a una cohesión moral funcional al proyecto colectivo. La dimensión espiritual en León XIV es trascendente: remite a un destino de la persona que excede lo social y lo político. Una es inmanente y nacional; la otra, trascendente y universal. El término coincide, el horizonte sólo en parte.

Cuarta similitud: la sostenibilidad ambiental como criterio de desarrollo

Ambos incorporan la naturaleza al concepto mismo de progreso. Para Xi, la modernización implica la coexistencia armoniosa entre el ser humano y la naturaleza, ofreciendo productos ecológicos de calidad para cubrir la necesidad de un hermoso ecoambiente. Para León XIV, la protección del medio ambiente figura entre los parámetros que deben sustituir al PIB. Esta coincidencia conecta, en el caso papal, con la herencia de Laudato si’ y la “ecología integral”, y en el caso chino, con la doctrina de las “aguas verdes y montañas azules” formulada por Xi en una aldea de Zhejiang en 2005, cuando sólo era líder provincial allí. En esa ocasión, Xi elogió la decisión local de clausurar minas contaminantes y fábricas de cemento, argumentando que la protección del medio ambiente no sacrifica el crecimiento económico, sino que los recursos ecológicos son activos invaluables. Este concepto se conoce en la política china como la Teoría de las Dos Montañas 

Siendo críticas de trasfondo distinto, aportan al devenir global 

Señaladas las convergencias, es honesto delimitar dónde se separan. La crítica de León XIV al puro crecimiento se inserta en un cuestionamiento más amplio del poder: en la misma encíclica advierte sobre los monopolios tecnológicos y el riesgo de que una pequeña élite termine determinando el funcionamiento de sistemas que afectan aspectos fundamentales de la vida humana, y lamenta la crisis del multilateralismo y el surgimiento de un multipolarismo desordenado y conflictivo donde la fuerza del derecho se sustituye por el derecho del más fuerte. 

La crítica de Xi, en cambio, no es una crítica al poder centralizado—el suyo, el del Partido-Estado, es el instrumento mismo del desarrollo— sino una reformulación del contenido del desarrollo dentro de un proyecto de poder. Cuando afirma que la modernización elimina el mito de que la modernización equivale a la occidentalización, está disputando un modelo civilizatorio alternativo, no limitando el poder. 

Que un pontífice y el líder del mayor Estado socialista coincidan en desautorizar el PIB como medida del progreso es un síntoma de época. Refleja un agotamiento global —presente también en la economía académica, desde el Índice de Desarrollo Humano hasta las propuestas de Stiglitz— de la idea de que el crecimiento agregado equivale al bienestar. Ambos llenan ese vacío con vocabularios sorprendentemente próximos: prosperidad compartida, dimensión no material, armonía con la naturaleza, atención a los vulnerables. Su mirada y perspectiva no es la misma ni cabe que así sea. Pero observar esa cierta sintonía común ayuda dar cimientos sólidos y serios al nuevo orden internacional emergente.